La Hospitalidad en las Casas de Acogida
de los Padres Trinitarios
El ser humano, por su propensionalidad a la sociabilidad y al viajar, sea por exigencia o por placer, al llegar a un lugar desea ser bien recibido. Y por ello, su deseo se convierte en “una necesidad”. Los Padres Trinitarios, en virtud del propio carisma, se han dedicado, entre otras cosas, a ofrecer hospitalidad en las Casas para huespedes y peregrinos, queriéndo así mantener uno de los razgos del proprio carisma fundacional.
El Orden Religioso de los Padres Trinitarios fue fundado en el 1198, durante el periodo que va entre la tercera y la cuarta Cruzada cristiana en oriente, teniendo como finalidad contrarrestar la práctica militar del tiempo con aquella religiosa y espiritual. Fue como una alternativa a la fundación de las Cruzadas cristianas o al mismo gihad islámico. San Juan de Matha, fundador del Orden, dejó a sus religiosos una Regla de Vida, realizada y escrita con la precisa finalidad de alcanzar un proyecto humanitario de solidariedad cristiana. El proyecto se articulaba en dos ámbitos concretos de la caridad: liberar a los prisioneros de las “guerras santas” y ofrecer hospitalidad a “los pobres”, a los abandonados. El contenido de toda la Regla de Vida descrive al religioso Trinitario como un monje itinerante, dispuesto a la incesante experiencia del viaje, con sus peligros y dificultades, lo que lo dispone particular y sensiblemente a dar y recibir hospitalidad.
El huésped, según el carisma de los Padres Trinitarios, es el sujeto principal de la Casa de Acogida. Él es informado desde el mismo momento en el cual se le abren las puertas de la casa, del tipo de servicio del cual será sujeto; es un invitado y en algún modo ya es un miembro que “forma parte de la familia”; debidamente observando el mutuo respeto que se debe mantener entre huésped y dueño de casa. Se encuentra a vivir la experiencia, aunque si por poco tiempo, del ser “protagonista”, en un ambiente sobrio y familiar, en el cual es un deber del albergador no hacer sentir un extraño al huésped de la Casa.
DISCURSO DE
JUAN PABLO II (el domingo, 26 de enero de 1992)

“De todas las parroquias de Roma, ésta es la mas cercana a San Pedro. Desde la ventana de mi habitación veo ésta iglesia, su fachada, que me hace compañía todos los días. Veo ciertamente la iglesia como edificio, pero veo también la Iglesia como comunidad, guiada por los Trinitarios, un antiguo Orden fundado sobre el misterio de la Santísima Trinidad”.

Estas ideas propuestas por el Santo Padre y la comunicación que tratamos de usar, son dos óptimos medios para poder crear un ambiente familiar en nuestras Casas. La palabra “casa”, en sí misma, conlleva la idea de una agradable tranquilidad y el placer de gustarla en compañía de quien apreciamos. El huésped por consiguiente va “consolidado”, dándole la posibilidad de actuar y comportarse libremente. Es por esto, que la disponibilidad al diálogo, se convierte en la base del concepto de nuestra hospitalidad. Además del sencillo diálogo y el mensaje visual de nuestras extructuras receptivas, quien se dedica a nuestra acogida, tendrá en gran consideración ofrecer un expontáneo lenguaje, como hecho que favorezca la integración y sistemación del huésped en la Casa.
La receptividad en las Casas de Acogida trinitarias, se proponen también como objetivo enviar y recibir mensajes verbales o no, en un ambiente de interacción humana, intima, personal, social y pública.
El mobiliario ofrecido, sencillo y esencial, al igual que la iconografía cristiana presente en nuestros ambientes, proponen a quien nos visita, un conocimiento reciproco de nuestro espíritu. Es una comunicación no verbal finalizada a favorecer un encuentro entre el huésped y nuestro Orden Trinitario.
Así el huésped regresará a su pais, después de haber vivido la experiencia de “sentirse en su hogar fuera de su casa”. Llevandose consigo el placer del intercambio de un buen mensaje y la alegría de haber estado en una familia, tal vez con el deseo de revivir nuevamente ésta experiencia.
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